Cuentos Fantásticos del Delta

 

Entre los tantos misterios que rodean al Delta del Paraná y su zona adyacente, el de las cruces inclinadas del cementerio de la Isla Martín García, no es por cierto uno de los menores.


La isla Martín García está ubicada en el Río de la Plata, al sur de la desembocadura del Río Uruguay y cercana al límite sur del Delta del Río Paraná. Distante a 46 km. en línea recta de la Ciudad de Buenos Aires y a 4 km. de la costa Uruguaya, Martín García, ha sido, desde la llegada de los españoles y por muchos años, un punto estratégico en el Río de la Plata,
Fue “descubierta” por Juan Díaz de Solís, en el año 1516 y lleva el nombre de uno de los tripulantes de su embarcación, el despensero, muerto en aquel año a la vista de la isla.


Aunque se ignora el lugar exacto en que fue sepultado, el de Martín García fue el primer entierro cristiano del territorio de lo que luego fue el Virreinato del Río de la Plata, por lo que la isla cuenta con la tumba cristiana y el topónimo más antiguos de la Argentina.


A pesar de su escaso territorio, Martín García tuvo, a lo largo de su historia, cuatro cementerios. Tres de ellos han desaparecido. Desde 1859 a 1899, cuando se inauguró el actual en uso, el avance de las aguas obligó a abandonarlos. Y allí quedaron, en la ahora zona intangible, cercanos a la pista de aterrizaje, el cementerio de indios y el cementerio viejo, con sus muertos olvidados y borrados de la historia. Esto alimenta las historias y leyendas que se cuentan sobre fantasmas y cosas incomprensibles que ocurren en la isla.


Pero lo más extraño y misterioso ocurre en el cementerio actual, y son las cruces de algunas tumbas que muestran una inclinación de su brazo horizontal. A la derecha o a la izquierda, muchas tumbas presentan esas características en sus cruces. Sepulcros con fechas entre 1848 a 1914, algunos de ellos trasladados desde el cementerio viejo.


Allí están, Michel Lefolcavez, teniente de Navío, Francés, muerto el 23 de diciembre de 1848, o el teniente de Artillería Alfredo Abelio D`Oliverira, que murió en 1891, ambos enterrados originalmente en el cementerio viejo, y muchos otros, sin conexión aparente en vida y con sus cruces sepulcrales inclinadas.


El por que de esa inclinación, es un misterio. No hay ningún testimonio escrito u oral sobre el tema, entonces se tejen las más variadas conjeturas. Que eran Masones opuestos a la religión católica, que eran Fourieristas, también contrarios a esa religión, que en la isla habitaba gente perteneciente a una secta satánica, que señalan muertos por alguna peste, fiebre amarilla, o vacuna vencida a los conscriptos, o que el , o los fabricantes de las cruces, las hacían así por moda.


Todas fácilmente refutables ni bien se escarba un poco en los pormenores. No es este el lugar para detallar el por que no de cada hipótesis, pero diremos otra de la que se habla muy poco. Y el motivo de ello es lo inquietante y perturbadora que resulta.


Pues bien, hay quienes afirman que al ser puestas en sus sepulturas, las cruces estaban rectas como cualquier cruz de cualquier cementerio.


Según los partidarios de esta teoría, se han ido inclinando de a poco, imperceptiblemente en el corto tiempo, hasta quedar en el estado actual.
¿Los motivos? Pues no hay que buscarlos en la vida de cada uno de ellos, ya que es imposible encontrar un nexo común entre gente que vivió, en algunos casos, con casi cien años de diferencia.


La conexión está pues, después de la muerte. Es algo que hicieron, o que los conecta, después del fallecimiento. Imposible saber que. De esas cosas uno se entera cuando ya no puede contarlas.


Que es una teoría un poco extravagante, no hay dudas, pero a éste escriba le ha llegado el testimonio de familiares de uno de los muertos que visitaban a su deudo regularmente.


Todavía vive un matrimonio, al que mantendremos en el anonimato, cuyo hijo, conscripto de la marina, falleció en la isla, y que aseguran que la cruz estaba recta cuando la colocaron en la tumba y así permaneció algunos años. Luego, en las sucesivas visitas, pudieron notar como la cruz aparecía un poco más ladeada, hasta que finalmente llegó al estado actual.


Hay dos antiguas fotografías, muy borrosas por el paso del tiempo, que documentan lo antedicho. En ellas puede verse en dos momentos distintos como la cruz del sepulcro tiene una inclinación diferente en cada una de ellas.
Aquello fue muy angustiante para esa gente. Algo que no tenía explicación racional estaba ocurriendo en la tumba de su hijo y para colmo nadie les creía, y aún hoy, nadie cree lo que ellos fueron testigos.


Recurrieron a curas, manosantas, médiums, y otros por el estilo, que no aportaron respuestas y complicaron más las cosas y entonces sus visitas al cementerio de Martín García se hicieron más espaciadas, hasta que finalmente dejaron de ir.


Recuerdan la última vez que fueron. Por el año cincuenta y pico, dicen. Caminaban solos por el cementerio, un día de otoño a pleno sol, ya que no se atrevían a visitar el lugar si el día estaba oscuro y gris. Las hojas caídas de los árboles tapizaban el suelo, y en todo el lugar ya se evidenciaba el comienzo del abandono que es la característica actual del sitio y de casi toda la isla. Estaban rodeados de sepulcros con cruces inclinadas y a ellos se le antojaba que a medida que avanzaban, las cruces se ladeaban más y más y llegaría un punto en que el ángulo de la inclinación haría destapar todas las tumbas.


Y al llegar al sepulcro de su hijo descubrieron que una rama había caído en la tumba vecina abriendo una brecha en la loza de la lápida, dejando abierto el paso entre el mundo de los vivos y los muertos. Aquello fue muy fuerte y apenas se detuvieron unos segundos a dejar las últimas flores que recibió el fallecido y se fueron de allí para siempre, sin darse cuenta de que la cruz había llegado a su punto máximo de inclinación.


Al poco tiempo erigieron en un cementerio privado un recordatorio de su hijo, un pequeño monolito coronado con una cruz de madera y lo visitaban regularmente. Hasta que un día, descubrieron con sorpresa y horror que la cruz del monolito comenzaba a inclinarse como la de la tumba original.


Aquello fue la gota que rebalso el vaso y ante la falta de una respuesta racional al nuevo hecho, ya no visitaron más el recordatorio.


Y allí quedaron, abandonados, la tumba en Martín García y el monolito del cementerio privado, invadidos por la vegetación y deteriorados por el paso del tiempo, tanto que no se llega a distinguir el nombre del muerto.

Solo parte de una fecha, 14 de abril de 19…, y la ominosa presencia, no ya de una, sino dos cruces inclinadas.




 

Volver al Índice

Volver Página Principal